Luna llena en Escorpio. 1/5. Liberar lo profundo
Esta luna llena hace salir lo profundo a la superficie, permitiendo que nos aproximemos a los pulsos misteriosos que nos habitan con la integridad necesaria para darle espacio a lo que hasta ahora permanecía sepultado, escondido, reprimido. Alojar es transformar el pulso crudo en una forma virtuosa de lo humano, que se despliega hacia los demás y genera enriquecimiento.
Esta luna llena nos dice que a veces no se trata de remediar lo roto sino de subir el volumen del deseo, que nos lleva más allá del dolor para encontrarnos con la vitalidad de la potencia. No existe un remedio que nos permita evitar que nos duela nuestra condición. Hay algo desgarrador en el mero hecho de existir como humanos. La salida no siempre está en la cura, a veces está en la prepotencia del deseo. Los albores no son el remedio de la noche, pero el sol entibia el cuerpo entumecido.
Esta luna llena nos invita a un silencio muy particular, que podemos ver la imagen de caminar con los ojos cerrados. Dar espacio a lo intuitivo y a lo sensible a veces es difícil, la memoria se atraviesa y nos impide confiar en lo que sentimos y vemos. Confundimos lo real con la verdad y nos mareamos intentando explicar lo que sencillamente y por su propia fuerza es. Abrazar lo que vemos con los ojos cerrados es amigarnos con un modo de saber que está negado y excluido, que no puede explicar, sino que sencillamente se abre, nos abre.
Lo más honesto que tenemos es bestial. Aprender a ablandarlo, a entregar con dulzura la crudeza es tan importante como dejar de refugiarse en la ternura y la suavidad. Lo filoso, lo agudo es parte de lo que esta luna llena abre como importante. El filo del cuchillo, del bisturí, tiene su precisión y su utilidad en la amabilidad del mango. La suavidad es la empuñadura que requiere la aspereza de lo cierto.
Cuando el corazón pide espacio en nuestra vida lo hace de modos misteriosos. Lo que sentimos desplaza lo que creemos, se abre paso entre la espesura de lo que recordamos, camina sobre las cáscaras de huevo de nuestras heridas. Que llegue a nuestra consciencia es en sí un prodigio. Es necesario abrir el pecho, el cuerpo para alojar esa verdad delicada.
La oscuridad nos asusta porque no somos capaces de ver los peligros que acechan entre las sombras. La memoria de nuestra especie asocia la noche con los depredadores que nos destruirían. Pero el corazón humano anhela indagar en las tinieblas de lo desconocido con la misma fuerza con la que se aleja de ellas, intenta acercarse al misterio y a lo desconocido con la misma intensidad con la que hace la cama cada mañana, con la que saca a pasear al perro para que todo siga siendo como es, como ha sido.
El cuerpo es un volcán, un hueco por el que la fuerza de la tierra se desliza y sale hacia afuera. Está en vos gozar de la lava o quemar tus entrañas y estallar frente a la potencia de lo inevitable. Hacerse agujeros, dejar que nos crezcan los agujeros, es abrirle la puerta a la potencia de lo vivo, que insistirá e insistirá, pues ese es su modo de amarnos.
Visualización
Su pelo negro, ondulado, se mueve con el viento. Es fuerte. Hay una intensidad profunda allí, no es solo pasajera, tiene profundidad. Como si las raíces de su mirada se hundieran en la tierra y fuese el centro hirviente del planeta el que mirase en sus ojos. Con esa fuerza, enfrenta lo que viene. El viento pasa entre las cosas, ella necesita verlas, y transformarlas.